viernes, 28 de marzo de 2008

La objeción de conciencia

Bajan revueltas las aguas en la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía. Al pobre y recién nombrado consejero le están tirando por tierra su plan de “Calidad” los insensibles maestros y profesores andaluces mientras los imparciales jueces del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía reconocen el derecho de una familia de Huelva a objetar a la clase de Educación para la Ciudadanía. ¡Pobre hombre!

Espero que D. Sebastián Cano se anime un poco leyendo esto, aunque ya se que no se lleva mucho el discurso razonado, sosegado e independiente.

No se si habrán visto ustedes de qué va esta asignatura. Yo me fui a unos cursos que organizó el Centro de Profesores de Sevilla el pasado Junio y me hablaron de igualdad entre hombres y mujeres, de la Constitución, de los fundamentos de la democracia, de Derechos Humanos, de Convivencia, de Participación, de diversidad, incluso de Educación vial. Tras cada una de las ponencias los presentes pudimos opinar, aplaudir, criticar. Valió la pena dedicar cuatro tardes de Junio sevillano, que no son cualquier cosa, a tan elevada tarea.

Eso, inocente de mí, creía yo. Luego resultó que todo había sido un espejismo. En realidad yo había asistido a una especie de aquelarre marxista en el cual se me inoculó el virus de la desintegración de España, se me obligó a hacer un pacto con el diablo abjurando de cualquier fe que profesara para abducirme en la siniestra secta laicista y seguramente fui obligado a participar en una orgía con personas de mi mismo sexo. Todo ello era una conspiración urdida por la fundación CIVES para malversar fondos públicos y crear un ejército durmiente de autómatas que impartiera la educación para la ciudadanía según los dictados del pérfido ZP y sus secuaces.

Yo no recuerdo nada de eso, no se si debido a la hipnosis o a las drogas que seguramente me suministraron. Menos mal que el diario ABC publicó toda la verdad, para alarma de mi pobre madre, que me llamó ofreciéndome los servicios de una prestigiosa clínica de desintoxicación y un me recomendó un grupo de apoyo: “Ciudadanoadictos anónimos”


Bromas aparte, si algo hay que criticar al Gobierno en relación con la Educación para la Ciudadanía es su racanería a la hora de asignarle peso en el currículo escolar y su laxitud al permitir que cada centro privado haga de su capa (pluvial) un sayo y la use para adoctrinar un poco más a sus alumnos.

Mantener que el Estado no puede intervenir en asuntos morales es tan absurdo que sólo una persona acortumbrada a creer lo que le digan sin ninguna conciencia crítica puede oírlo sin sorprenderse. Es evidente que existe una moral pública, unas normas que posibilitan la convivencia entre los ciudadanos y que se plasma en el ordenamiento jurídico.

Ninguna religión tiene el monopolio de la moral, (aunque todas se lo arroguen) y si parte de sus preceptos choca con las leyes, tendrá que renunciar a ellos o se arriesgará a que se le apliquen esas leyes. Esta objeción de conciencia puede justificar el uso del velo, negar la educación a las niñas, justificar la violencia de género y otras muchas barbaridades.

Me llena de perplejidad comprobar cómo unos padres sienten tanto horror al imaginar a sus hijos sometidos a la reprogramación mental de “Educación para la Ciudadanía” impartida por un profesor designado por el Estado en el centro educativo que ellos mismos han elegido. Apostaría el ratón a que esos mismos niños asisten a clases de Religión Católica, impartida por personal seleccionado por el obispo en base a unos criterios desconocidos que atentan contra los derechos fundamentales, con un currículo sobre el que nadie tiene control, libre de toda evaluación o inspección, controlada exclusivamente por la jerarquía de la iglesia católica. Una institución por cierto, que a tenor de los casos de pederastia que se dan en su seno y tan caros le cuestan, no me ofrece mucha confianza para encomendarle a mis hijos. Una institución que aparece en los últimos lugares en las encuestas sobre confianza de los ciudadanos. Una institución, además, que no es un modelo de neutralidad política que garantice una educación plural y respetuosa con la diferencia.

Me parece una hipocresía y una desconfianza hacia los profesionales de la educación esta utilización de la objeción de conciencia basándose en postulados aberrantes.

Espero con estas reflexiones contribuir modestamente a desmentir a uno de los inspiradores de la propaganda oficial de la iglesia católica, el compatriota y tocayo de D. Benito XVI, Joseph Goebbels, y que los ciudadanos conscientes no permitamos que, una vez más, “una mentira repetida mil veces se convierta en verdad”